
NADA QUE CELEBRAR.
Hoy no hay nada que celebrar.
En México, ejercer el periodismo se ha convertido en una sentencia de amenaza, persecución y, demasiadas veces, de muerte.
El Día de la Libertad de Expresión debería recordarnos que una sociedad libre necesita periodistas libres. Pero en este país, muchos han sido silenciados por denunciar al poder, al crimen, a la corrupción y a las complicidades que destruyen a la nación desde dentro.
Han querido convertir el miedo en costumbre. Han querido desacreditar, insultar y dividir a quienes preguntan, investigan y exhiben la verdad. Han querido que el periodista deje de ser conciencia crítica para convertirse en propagandista o en rehén del silencio.
Por eso hoy no es un día de fiesta. Es un día de memoria. De dignidad. De protesta.
Por los periodistas asesinados. Por los desaparecidos. Por los amenazados. Por quienes siguen trabajando con miedo, pero también con valentía.
Cuando matan a un periodista, no solo apagan una voz: lastiman el derecho de toda una sociedad a saber la verdad.
La libertad de expresión no se mendiga. Se defiende.
Mientras exista un periodista dispuesto a contar lo que otros quieren ocultar, todavía habrá esperanza para este país.

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