Columna: Deadline

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Columna: Deadline
Autor: Víctor Hugo Arteaga

Título: Mundial 2026: el negocio que entusiasma… y la factura que nadie quiere leer en México.

Por momentos, el Mundial de 2026 se vende como una fiesta sin costo. Un escaparate global, millones de turistas, estadios llenos y una derrama económica que, según el discurso oficial, pondrá a México en la vitrina del mundo.

Pero, como suele ocurrir con los grandes eventos, el verdadero partido se juega en las cifras: cuánto dinero público se invierte y qué tan real es el retorno.

México ya está en un grave déficit entre el dinero público dedicado a la Cooa del Mundo en diferentes rubros y la derrama económica que se espera como retorno. En definitiva para México es un mal negocio económico.

Las estimaciones más recientes colocan la derrama económica entre 3 mil y 4 mil millones de dólares para México.

Incluso hay proyecciones más optimistas que hablan de beneficios indirectos por encima de los 10 mil millones de dólares, si se considera el impacto nacional ampliado.

A simple vista, el saldo parece positivo. Pero el matiz está en el origen del dinero.

*La inversión: pública, privada… y difusa*

El relato gubernamental ha insistido en que “no hay una partida específica” para el Mundial. Sin embargo, la realidad es más compleja.

La inversión sí existe, solo que dispersa en múltiples rubros como la Infraestructura deportiva que es alrededor de 810 millones de dólares en modernización de estadios.

La Infraestructura Urbana y transporte sostiene proyectos que, en algunos casos, superan decenas de miles de millones de pesos, como ampliaciones aeroportuarias, trenes y accesos viales.

Estimaciones más amplias refieren algunos cálculos elevan la inversión total hasta 1,800 millones de dólares o más en infraestructura ligada al evento.

El punto clave: aunque parte del gasto proviene de iniciativa privada (clubes, concesionarios, hoteles), gran parte de la infraestructura sí involucra recursos públicos, ya sea federales, estatales o municipales.

Es decir, no hay un “cheque del Mundial”, pero sí una suma de obras justificadas por él.

*La derrama: promesa vs. realidad*

Los números más optimistas hablan de hasta 4 mil 50 millones de dólares en derrama económica, producto de, supuestamente, más de 5 millones de visitantes.

Lo anterior parece una mentira de las autoridades mexicanas, ya que hace cuatro años Qatar con todos los partidos en 8 ciudades solo logró captar 3.5 millones de turistas.

No hay manera que México con una pequeña parte del Mundial reciba más visitantes que toda la organización hace cuatro años en Qatar.

Pero hay tres problemas estructurales que matizan el entusiasmo:

1. La derrama no es ingreso público directo
La mayor parte del dinero se queda en hoteles, restaurantes, transporte y comercio.

El Estado recupera solo una fracción vía impuestos y en algunos casos ni siquiera eso, debido a exenciones fiscales negociadas con la FIFA.

2. El gasto está concentrado
Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, que absorberán la mayor parte de los beneficios, dejando al resto del país con impactos marginales.

3. El efecto es temporal
El Mundial dura poco más de un mes. El reto, históricamente fallido en muchos países, es convertir ese pico en crecimiento sostenido.

*El costo invisible*

Más allá de las cifras oficiales, hay efectos que rara vez entran en el balance, como el I ncremento de precios y gentrificación en zonas cercanas a sedes.

También está la presión sobre servicios públicos y la infraestructura que puede quedar subutilizada

Incluso se ha documentado un aumento de hasta 40 por ciento en rentas en zonas impactadas por el evento.

*¿Negocio o espejismo?*

El Mundial sí dejará dinero. Nadie discute eso. La pregunta relevante es otra: ¿para quién?

Si el análisis se limita a la derrama económica, el evento es un éxito anunciado. Pero si se compara contra el gasto público, directo e indirecto, las exenciones fiscales y los beneficios concentrados, el balance se vuelve más ambiguo.

México no está construyendo estadios desde cero, como ocurrió en Qatar o Brasil. Eso reduce riesgos. Pero también limita el impacto estructural del evento.

Al final, el Mundial 2026 será menos una inversión financiera y más una apuesta política: visibilidad global, turismo y narrativa de país.

El problema es que la euforia dura 90 minutos.
La factura, en cambio, puede quedarse años.

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