
CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez
COAHUILA: EL PRIMER MURO
Lo ocurrido en Coahuila no puede reducirse únicamente a la vieja explicación de que “el PRI siempre gobierna ahí”. Eso sería simplificar demasiado un fenómeno político que empieza a enviar señales hacia el resto del país.
Sí, el PRI tiene estructura. Sí, posee una maquinaria electoral aceitada durante décadas. Sí, el gobernador Manolo Jiménez llega con niveles aceptables de aprobación y con una administración que, hasta ahora, ha logrado mantener estabilidad, seguridad relativa y operación política territorial. Todo eso cuenta y pesa. Pero no alcanza para explicar por sí solo el tamaño de la derrota de Morena.
Porque Morena no llegó solo a Coahuila. Llegó sin Andy López el junior perdedor y con el aparato federal completo. Llegó con el poder presidencial. Llegó con la enorme estructura clientelar construida alrededor de los programas sociales. Llegó con recursos, propaganda, narrativa, operación política y movilización nacional. Y aun así, no pudo avanzar.
Ese es el dato verdaderamente importante.
Coahuila no solamente votó por el PRI; Coahuila votó contra Morena.
Ese es justamente la arista de fondo. Porque el partido del gobierno llegó a ese estado con todo el poder presidencial encima y se topó con el muro del rechazo local. Es decir no pudo crecer, lo que significa entonces que el problema se empieza a convertir en regional y sus efectos a irradiar hacia el ámbito nacional.
Durango ya había enviado una señal. Chihuahua lleva tiempo haciéndolo. Ahora Coahuila refuerza un corredor norteño donde Morena encuentra resistencia política, social y cultural. Y pueden seguir estados como Sinaloa, Sonora, Baja California Sur y Baja California, que tendrán elecciones el próximo año y en donde sus gobernadores son señalados de tener presuntas ligas con grupos criminales y, por lo mismo, donde reina la inconformidad social, al igual que en Campeche, Guerrero, Zacatecas y Michoacán que también irán a elecciones el 2027.
Y no es casualidad porque en todos estos estados del país se observa con enorme preocupación el deterioro económico, la inseguridad, la confrontación permanente y, sobre manera, la sensación de un gobierno federal cada vez más encerrado en sí mismo.
Ahí aparece el otro elemento central: el atrincheramiento político de Claudia Sheinbaum.
La presidenta quedó atrapada entre dos fuegos: la presión de Estados Unidos y la necesidad interna de proteger al régimen construido por López Obrador. Y frente a esa disyuntiva eligió cerrarse. Optó por radicalizar el discurso. Escogió envolverse en la bandera de la soberanía. Decidió presentar cualquier cuestionamiento externo como una agresión contra México.
Pero el problema es que mientras el discurso se endurece, la falta de justicia al interior se ha convertido en escándalo e indignación nacional, porque no hay día que no brote la pus que produce esa infección grave llamada corrupción, y a cuyos protagonistas el poder mañanero defiende a capa y espada.
Por ejemplo, han pasado semanas y el caso Rubén Rocha sigue convertido en un pantano político para la Presidencia. No hay claridad. No hay investigación visible, mucho menos deslindes. Tampoco hay transparencia. Y mientras más tiempo pasa, más crece la percepción pública de que no existe una investigación real, sino un manto protector desde el poder. Ahí está precisamente el desgaste. Porque la gente puede soportar una crisis, pero lo que difícilmente soporta es la clara impunidad selectiva.
El problema para el partido oficial y su régimen no es solamente Estados Unidos. El problema de Morena es Morena, porque ellos mismos se han encargado de socavar su credibilidad interna. El problema es que llegaron a construir un partido de Estado en medio de un avance civil que primero les creyó y que hoy, ante la pérdida de las instituciones que representaban a la gente, muestra su rechazo.
No hay duda, el gobierno de la 4T ha perdido la capacidad moral para explicar sus decisiones, y comienza lentamente a erosionarse incluso entre sectores que antes le eran leales. La gente percibe un olor a dictadura venezolana y un vacío presidencial que recibe órdenes desde Palenque.
Por eso Coahuila importa.
Porque quizá no sea todavía una rebelión nacional abierta contra Morena, pero sí puede ser el primer aviso serio de que el oficialismo ya dejó de ser invencible y que el muro empieza a levantarse desde el norte.
El ambiente en México es de incertidumbre. Y ni el Mundial de Fútbol ha logrado capturar al ánimo nacional. La agudeza de los que saben desplazarse entre la niebla, les indica que algo profundo comenzó a fracturarse de manera temprana debajo del poder. Ya veremos.

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