
CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez
ESCUINAPA: MUNICIPIO DONDE EL ESTADO YA NO GOBIERNA
Escuinapa, como muchos municipios pequeños y medianos del país, está tomado por el crimen organizado. Ahí no existe otro poder que imponga orden. La autoridad constitucional es invisible y la convivencia social se ha convertido en una definición práctica y contundente del narco Estado.
Sus habitantes sobreviven a la buena de Dios, atrapados entre el fuego cruzado de dos facciones criminales que disputan la plaza, las rutas, el control económico y el destino mismo de la región. Ya no se trata solamente del tráfico de droga, de la extorsión, del secuestro o del robo en todas sus modalidades.
El crimen organizado terminó sustituyendo funciones elementales del municipio, mientras el gobierno se volvió decorativo.
El alcalde, el doctor Víctor Manuel Díaz Simental, gobierna prácticamente en el abandono institucional. Ni siquiera le toman la llamada en el Gobierno del Estado. El Secretario de Finanzas lo ignora; el Secretario General de Gobierno también; y la gobernadora interina Yeraldine Bonilla parece observar la tragedia desde la cómoda distancia burocrática. El municipio está aislado, quebrado y atado de manos.
La guerra es abierta y constante. Más de la mitad de los policías municipales renunciaron por miedo o cansancio. Entre 22 y 32 elementos abandonaron definitivamente la corporación luego de meses de ataques directos, emboscadas y asesinatos. En marzo pasado, cuatro policías municipales fueron ejecutados en una emboscada sobre la autopista Mazatlán-Tepic, en Tecualilla. Otro agente resultó herido. Para entonces ya sumaban cinco uniformados asesinados en menos de tres semanas.
La señal fue clara: en Escuinapa portar uniforme ya equivale a una sentencia de muerte.
Mientras tanto, cientos de familias han optado por desplazarse hacia otros municipios o estados. Comercios cerrados, calles vacías, oficinas desiertas y una economía devastada forman parte del paisaje cotidiano de una ciudad donde la gente vive con el Jesús en la boca y donde la esperanza empieza a extinguirse.
La violencia dejó de ser episódica para convertirse en rutina.
En diciembre de 2025, un enfrentamiento entre grupos armados dejó cinco muertos, dos de ellos calcinados dentro de vehículos incendiados. La ciudad se paralizó: suspendieron clases, fiestas decembrinas y actividades comerciales. Días después, en vísperas navideñas, drones lanzaron explosivos contra viviendas, incendiaron un casino y sembraron el terror en colonias populares.
Sí: drones con explosivos.
No en Ucrania. No en Medio Oriente. Sí en Escuinapa, Sinaloa.
Y mientras el discurso oficial sigue hablando de “transformación”, “humanismo” y “bienestar”, en el sur de Sinaloa grupos criminales ya operan tácticas de guerra con tecnología aérea, explosivos y armamento de alto poder.
La situación alcanzó un nuevo nivel esta misma semana. Elementos de la Policía Estatal y del Ejército localizaron un arsenal en la colonia Emiliano Zapata y, al intentar resguardarlo, fueron atacados en dos ocasiones con artefactos explosivos arrojados desde drones. Una patrulla quedó severamente dañada y fue necesario desplegar una aeronave de la Fuerza Aérea Mexicana para escoltar el armamento asegurado hasta Mazatlán.
Es decir: ni siquiera el Ejército puede moverse con tranquilidad en Escuinapa.
Pero para el régimen todo parece normal.
En todo el sexenio de Rubén Rocha Moya jamás existió la dignidad política de visitar seriamente a uno de los municipios más golpeados del estado. Escuinapa nunca fue prioridad. Sus arcas municipales apenas alcanzan para pagar nómina y sostener parcialmente el gasto operativo. En ocasiones ni para gasolina hay recursos suficientes.
La producción y exportación de mango, una de las principales actividades económicas de la región, se desplomó drásticamente. Más de 10 mil empleos se han perdido mientras la violencia consume inversiones, desplaza trabajadores y destruye el tejido social.
Y aun así, Escuinapa no existe en la narrativa oficial.
No merece espacio en la mañanera. No aparece entre las prioridades presidenciales. No genera indignación nacional. La tragedia de más de 70 mil habitantes no alcanza siquiera para convertirse en tema que inquiete a los propagandistas, youtuberos e “influencers” financiados desde el aparato de comunicación gubernamental.
Como en Culiacán, la vida termina temprano. A las siete de la noche las calles quedan vacías y el municipio pasa oficialmente a manos del crimen organizado. No de la Guardia Nacional. No del Ejército. No de la policía de Harfuch. De los criminales.
Mientras tanto, las fuerzas federales parecen más cómodas patrullando el malecón turístico de Mazatlán que enfrentando de verdad la descomposición territorial del sur del estado.
Escuinapa es hoy una dolorosa fotografía del fracaso del Estado mexicano. Un municipio donde la autoridad no gobierna, la policía huye, los ciudadanos se desplazan y los criminales utilizan drones explosivos mientras el poder político guarda silencio en medio de la debacle. Al final ese silencio no es solo para minimizar, sino para tratar de tapar inútilmente cualquier complicidad.

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