
CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez
DEL PUEBLO QUE «MANDA», AL PUEBLO QUE RECLAMA.
La visita de Claudia Sheinbaum a la sierra de Hidalgo dejó una escena políticamente reveladora: el gobierno hablando en porcentajes y la gente hablando desde la carencia. Ya se volvió una política de Estado tratar de maquillar la realidad con la estadística.
Mientras la presidenta aseguró que existe un abasto de medicamentos del 80 por ciento, los pobladores le gritaron que no hay medicinas, que falta personal médico y que la atención apenas sobrevive con un doctor para toda la semana. ¿Y los médicos cubanos que tanto nos cuestan? Otra vez, el dato oficial chocó con la realidad.
Lo de Hidalgo no fue un incidente circunstancial. Fue la confirmación de un problema nacional y de una falla política más profunda: la creciente distancia entre la narrativa del poder y la experiencia concreta de la gente en materia de salud, inseguridad y ahora en la costosa canasta básica. Porque el reclamo no se limitó a los daños pendientes por lluvias y deslaves después de siete meses de la tragedia que se tradujo en decenas de muertos y pérdidas del patrimonio; No, el reclamo exhibió algo más severo, el abandono en regiones donde el Estado sigue llegando tarde, llega mal o nunca se presenta.
La explicación presidencial tampoco resolvió la exigencia. Decir que el faltante obedece al incumplimiento de un proveedor puede servir como justificación administrativa, pero no como respuesta de política social. Si faltan medicinas básicas y médicos suficientes, a la gente no le importa si el problema está en la licitación, en la distribución o en el escritorio de algún funcionario. Para la población, el resultado es el mismo: desamparo, convertido por lo mismo en indignación.
Y ahí aparece otro dato que debiera preocupar al régimen. Si la presidente se entera en territorio de una realidad distinta a la que le reportan, entonces alguien en la cadena de mando le está mintiendo, le está ocultando información o le está maquillando el problema. Eso explica por qué cada vez con mayor frecuencia sus giras se convierten en actos de desmentido público. ¿Fuego amigo? ¿Sabotaje desde dentro? O incapacidad manifiesta de algunos funcionarios ¿a cambio del 90 por ciento de lealtad? ¡Ufff!. Lo cierto es que la mandataria llega con una versión pero la gente tiene otros datos. Una realidad distinta al pináculo.
Y cada vez esto es más frecuente. Ya ocurrió en San José Chiapa, Puebla, donde pobladores reclamaron la instalación de una planta de reciclaje de basura sin consultarla. Y acaba de verse también en Sinaloa, donde habitantes de pueblos indígenas irrumpieron para impedir la colocación de la primera piedra de Mexinol, la transnacional que pretende producir combustibles y aditivos en una zona donde se teme un grave impacto ambiental sobre la bahía de Topolobampo. En ambos casos el mensaje es el mismo: la gente ya no está dispuesta a ser incorporada, por decreto, a la narrativa de que el pueblo manda, cuando en los hechos no es consultada en lo más mínimo.
Ese es el punto de fondo. El obradorismo convirtió la apelación al pueblo en fuente de legitimidad permanente. Pero una cosa es invocar al pueblo y otra escuchar a las comunidades cuando protestan, se oponen o simplemente contradicen la versión oficial. Cuando eso ocurre, lo que aflora no es la cercanía del poder con la ciudadanía, sino su molestia frente a una voz que no estaba prevista en el plan de gira.
Lo de Hidalgo, entonces, no sólo retrata el fracaso del sistema de salud en zonas marginadas. Retrata también el desgaste de una fórmula política: hablar en nombre del pueblo, aun cuando el pueblo real empieza a responder que nadie le preguntó.

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