
CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez
¿DESAPARECER A LOS DESAPARECIDOS?
¿Por qué la presidente Claudia Sheinbaum se ha negado sistemáticamente a recibir a las madres buscadoras en Palacio Nacional. O dónde sea? Porque hacerlo es aceptar la grave crisis de desaparecidos en el país y reconocer oficialmente que el problema existe en su dimensión alarmante.
Ha sido más fácil para la presidente Claudia Sheinbaum invitar, meter y exhibirse, con el grupo musical coreano BTS, en Palacio Nacional, que recibir a las madres buscadoras.
Menos reconocer que el Estado Mexicano ha sido omiso o de algún modo cómplice, porque en este país nadie ignora que el fenómeno de las desapariciones tiene mucho que ver con la operación del crimen organizado y la colaboración de algunas policías.
En el discurso la presidente insiste en visibilizar a las mujeres, pero en la práctica trata de minimizar la tarea incesante, sistemática, valiente, de las madres buscadoras.
En México, por ejemplo, el 10 de mayo y otras fechas simbólicas en el espíritu filial y nacional, ha dejado de ser, para miles de mujeres, una fecha de celebración. Es un día de protesta, de memoria y de reclamo frente a una de las tragedias más dolorosas del país: la desaparición forzada de personas.
La exigencia de las madres buscadoras a la Presidenta Claudia Sheinbaum no es política; no es un movimiento de la derecha o de los conservadores como vilmente pretenden descalificarlo algunos personeros del régimen. La exigencia es concreta: reconocer la magnitud de la crisis, asumir la cifra de más de 133 mil desaparecidos y aceptar ayuda internacional para enfrentar un problema que hace mucho rebasó la capacidad ,o la voluntad, institucional.
El señalamiento es especialmente delicado por el momento geopolítico que vive México. En vísperas del Mundial, cuando el gobierno parece más concentrado en proyectar normalidad y cuidar la imagen del país, las buscadoras advierten que no se puede seguir administrando el horror ni maquillando estadísticas. La realidad, por más que se intente contener en el discurso, termina por imponerse.
Desde hace años, han sido las propias familias las que han salido a los montes, a los cerros, a las morgues, a los hospitales y a las calles a hacer la tarea que corresponde a la autoridad. Esa sola escena debería bastar para dimensionar el tamaño del fracaso oficial. Y la justificada sospecha de su participación por omisión o por colusión. Y es que no se trata únicamente de una crisis humanitaria; se trata también de una crisis de Estado.
Negarse a nombrarla con toda su gravedad no la reduce. Rechazar el acompañamiento internacional, y la colaboración de la ONU, bajo la cantaleta de la soberanía y la no injerencia, no fortalece al país. Al contrario: exhibe una reacción política más cercana a la evasión y a la colusión que a la responsabilidad.
México no necesita distractores ni escenografías triviales desde los balcones de Palacio Nacional. Ni medidas obscenas que pretenden inmiscuir a la comunidad educativa nacional, en el Mundial de Fútbol, proyectando entusiasmos inexistentes. Ni requiere el pretexto infantil del calor para obligar a maestros y alumnos estar fuera del aula. Lo que el gobierno mexicano necesita con urgencia es ir al encuentro de la verdad en todos los sentidos. Y, en el caso de los desaparecidos, sumarse al dolor y a la búsqueda, con acciones tangibles y concretas, de las miles de madres y familiares involucrados.
La autoridad debería ser la primera en sumarse al grito de angustia, a la exigencia desesperada de las madres buscadoras para, vivos o muertos, encontrar a sus desaparecidos. Ha sido lo contrario porque la autoridad elude el problema, trata de minimizarlo y al final solo lo administra, aunque cada día crezca.
En tanto, las madres siguen buscando entre la tierra lo que desde las más altas esferas del gobierno trata de ocultarse.
Pretender desaparecer a los desaparecidos ya es en sí mismo una verdadera tragedia.

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