
CHISPAZO / Felipe Guerrero Bojórquez
BARCELONA Y MADRID: LA IZQUIERDA ENTRE EL DISCURSO Y LA REALIDAD
Mientras Claudia Sheinbaum afinaba el discurso en los salones de Barcelona, entre consignas, coincidencias ideológicas y los simbolismos predecibles de la izquierda gobernante, a 630 kilómetros, en Madrid, la calle hablaba el idioma de la lucha y la protesta: miles de voces, muchas con acento venezolano, arropaban a María Corina Machado, la histórica mujer que se enfrentó y desquició a la dictadura chavista, al grado de llevar a las urnas a la mayoría de los votantes para ganarle a Maduro las elecciones, cuyos resultados no se atrevieron a reconocer esos que, al mismo tiempo, hablaban de democracia allá en Barcelona.
Y es que mientras en Barcelona se discutía el mundo desde la teoría del poder, en Madrid se manifestaban miles que padecieron la represión de la izquierda y la crisis provocada por su modelo populista. Allá, en la Fira de Barcelona, la retórica de la soberanía, la autodeterminación y los proyectos “progresistas”. Aquí, en la Puerta del Sol, en Madrid, el testimonio vivo de quienes huyeron precisamente de esos proyectos cuando dejaron de ser promesa y se volvieron realidad asfixiante.
La presencia de Sheinbaum y Machado son cruces del entramado de la historia, coincidencias del tiempo y el espacio que permiten la evaluación internacional y a la vez el parangón local. Qué tanto la voz en la cumbre empoderada se convierte en candil ajeno y qué tanto oscurece la realidad de la casa. Qué tanto la consigna de la calle se convierte en esperanza y deshago para millones que tuvieron que apelar al recurso último: el exilio.
El caso de la presidente mexicana y sus aliados ideológicos, establece el retrato de una izquierda que, cuando gobierna, suele volverse indulgente consigo misma. Se protege en la narrativa, se arropa en la historia, se justifica en la geopolítica. Pero rara vez se mira en el espejo de sus resultados. No hay autocrítica capaz de penetrar el caparazón de la rigidez mental de quienes nunca se equivocan. Son ellos y nadie más. La razón y la moral más pura llevada al extremo, aunque de por medio corra sangre y la pobreza extrema se vuelva en sí misma el motor central de su fe. Luchan discursivamente contra ella y al mismo tiempo la ocupan
México, bajo la representación de su presidenta, decide estar en esa cumbre. No es ilegal. No es siquiera inesperado. Es una tribuna internacional para abogar por la paz, la soberanía, la democracia y la autodeterminación de los pueblos. Se trata de ofrecer al mundo la visión de un mundo ideal mediante conceptos que en sus propios pueblos carecen de sustento real. Eso sí, los preceptos de Estado se convierten en argumentos para sustentar el objetivo que en ellos subyace: la defensa de los regímenes que cojean de la misma pata ideológica. Es el caso de la defensa de la dictadura cubana y no del pueblo que exige democracia, libertad y la más mínima dignidad de vida. Igual ocurre en Nicaragua bajo el régimen sangriento y feroz del dictador Daniel Ortega, para el qué no existe la más mínima condena de parte del grupo de la cumbre. Promueven la paz, la libertad y la democracia, pero a nombre de la autodeterminación protegen las atrocidades de sus correligionarios.
Pero la escena de la cumbre y de la calle se volvió vitrina pública y evaluación internacional. ¿A quién creerle: ¿A los de la cumbre en Barcelona o los de la calle en Madrid? A los que, en su momento, ante el reclamo de democracia en Venezuela, prefirieron matizarla, o a los que ahora, desde la plaza de un país que les abrió las puertas, recuerdan que fueron expulsados de su patria.
Una cosa queda clara: mientras la diplomacia en Barcelona se movió con cautela, pero con preceptos desgastados a base de una realidad que los contradice, en Madrid la calle hizo un recuento, reclamó y, sobre todo, demostró que no olvida.
Lo de Barcelona fue una reunión. Lo de Madrid, una advertencia. ¿Estarán dispuestos los de la cumbre a abrirse un poco y escucharla?

(Feed generated with FetchRSS)