CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez

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CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez
¿QUÉ NOVEDAD CON LA VISITA DE HARFUCH?

¿Alguien sabe exactamente a qué vino a Sinaloa Omar García Harfuch y el resto del gabinete de seguridad? La pregunta surge porque cada vez que vienen dicen lo mismo, se comprometen a lo mismo y hacen lo mismo.
¿Ha habido algún cambio significativo en estos casi dos años de guerra? Desde entonces nos han vendido la idea de que en el estado operan más de 10 mil elementos federales y que ahora serán más de 13 mil. Habría que imaginar, entonces, la millonada que ha costado sostener a un ejército de esa magnitud.

Eso obliga a comparar el gasto y la efectividad militar con la realidad violenta que aún padecemos. ¿Cuántos efectivos militares y policiacos se necesitan para que esto termine? O, como dijo el general Francisco Jesús Leana, con mucha razón, la guerra entre las facciones del Cártel de Sinaloa terminará cuando ellos lo decidan. No lo dijo cualquier vecino, sino alguien que conoce a fondo la dinámica de estos grupos.
Bajo esa lógica, lo que el militar de alto rango dejó claro es que el Ejército, la Marina, la Guardia Nacional y la Policía de Harfuch, todos juntos, no han tenido la capacidad para combatir, reducir y eliminar a quienes se supone son enemigos de la sociedad.
¿Y también son enemigos del gobierno? La pregunta viene al caso por otra razón: la incapacidad para desmantelar la estructura de los grupos criminales tiene relación con la corrupción y con el entramado que, desde hace años, el narco ha tejido con miembros de la clase política y funcionarios de distintos niveles de poder.
La pregunta inicial sobre a qué vino de nuevo García Harfuch no busca desacreditar el esfuerzo del gobierno, sino evaluarlo con seriedad y ver si realmente corresponde al nivel de violencia que aún se vive en Sinaloa. ¿Y qué se trató en esa mesa de seguridad que apenas duró hora y media?
Ahí se dijo que el objetivo era ajustar la estrategia de seguridad ante el aumento de la violencia, y que para ello era necesario incrementar de manera significativa la presencia del Ejército y la Guardia Nacional. También se acordó afinar la ya muy llevada y traída estrategia de inteligencia, fortalecer los patrullajes dinámicos, mejorar la coordinación con autoridades estatales y atender los reclamos empresariales en materia de seguridad. En pocas palabras: más elementos, más tecnología y más equipo operativo.
Y para justificar ese enorme gasto y demostrar supuestos avances, presentaron una estadística oficial que poco se parece a lo que todavía ocurre en las calles, en los barrios, en la zona rural y en los propios negocios de los empresarios invitados a esa mesa de seguridad.
¿Y por qué hasta ahora tanto gasto y tantos hombres, al grado de que ayer mismo dijeron que, sumando a las policías locales, ya son poco más de 18 mil los que luchan contra la delincuencia? Estados Unidos tiene desplegados en Oriente Medio cerca de 40 mil soldados, operando en una guerra convencional a gran escala. Y aquí, en un territorio mucho más pequeño, el Estado mexicano, con cerca de 18 mil hombres, no ha podido someter a grupos reducidos en número y con menor capacidad en armas y tecnología de ataque.
No hay que pensar mal, pero todo puede suceder. ¿Tiene esto que ver con el proceso electoral? ¿Se busca presentar resultados lo más rápido posible, blindar las elecciones contra la intervención del narco o tomar control del propio proceso?
Hay muchas lecturas y también muchas especulaciones, pero lo cierto es que los resultados contra la inseguridad avanzan con tal lentitud que ahora salen con un reforzamiento de miles de hombres y con la inversión de muchos más millones de pesos.
Del desastroso saldo social y económico ya existe bastante información. Lo que sería bueno saber es cuánto ha gastado el gobierno en su estrategia contra la inseguridad desde que inició esta guerra hasta hoy.

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