CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez

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CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez
Y AHORA.. LEVANTONES A EMPRESARIOS
En Sinaloa, en cualquier espacio y en el momento menos esperado el levantón ocurre. No es exageración, las terribles cifras hablan por si mismas: 3 mil 600 desaparecidos en lo que va la guerra interna del Cártel de Sinaloa.
Eso pasa porque la confrontación interminable ocupa mano de obra, principalmente jóvenes a los que mandan al frente de batalla.
Ocurre también porque, a pesar de los miles de policías locales, estatales, federales y militares enviados desde el centro, el crimen organizado tiene capacidad para operar estas tareas sin que nadie se lo impida.
Hasta ahora es muy raro que los desaparecidos aparezcan o sean rescatados, lo que también evidencia la incapacidad investigativa, rubro que tanto presume este gobierno al igual que el ataque a «las causas». Puro rollo trasnochado.
Pero ahora de manera alternativa, se están dando extorsiones y secuestros a empresarios, porque la guerra no solo ocupa combatientes y vehículos para movilizarse, también dinero para pagar nómina y comprar armas.
El secuestro, en su modalidad de levantón, más reciente en Culiacán, se dio en la persona del empresario gasolinero, Arnulfo Aguilar Salazar de 81 años, por lo que la alerta ya se prendió en el sector empresarial de Sinaloa, que urge a las autoridades a actuar y garantizar la seguridad de sus agremiados. (Anoche el empresario fue liberado, no se sabe si por sus captores o por la autoridad)

En el contexto de la guerra, que ya va para los dos años, las facciones del crimen en pugna no habían tocado, en su modalidad de secuestro, a miembros de la clase empresarial, pero ahora todo indica la existencia de un plan en marcha.
Hace menos de una semana, otro empresario fue levantado también en Culiacán. Luego fue liberado y apareció golpeado sin que la autoridad haya intervenido previamente.
Se habla de otros secuestros que no han sido reportados, porque las familias han preferido negociar con los captores por el temor de un desenlace fatal, ante la condición de que no intervenga la autoridad.
Pero, además, ante esto, si ya muchos empresarios han abandonado Sinaloa, particularmente Culiacán, el reporte ahora es que en las últimas semanas familias completas de diversos niveles empresariales han salido del estado. Muchos prefirieron cerrar e invertir en otros estados o fuera del país; otros irse y controlar sus negocios desde fuera y otros más que han decidido definitivamente residir en el extranjero hasta que la guerra cese. Hoy, ante la amenaza más directa, el éxodo crece.
Por supuesto, qué bueno que el sector empresarial alza la voz, lo que seguramente generará reacciones y posicionamientos desde el gobierno estatal y federal, lo que no ha ocurrido ante los más de tres mil levantados, la mayoría jóvenes, en el contexto de la guerra.
Hasta hoy el gobierno no solo se ha mostrado insensible ante los colectivos que reclaman la aparición de sus familiares (vivos se los llevaron, vivos los queremos) sino que de manera infame los ha descalificado bajo una palabra que muestra la repugnancia de su índole: «politiquería». Si, la descalificación preferida de la Cuarta Transformación, hacia la lucha de las organizaciones civiles y no gubernamentales.
Todo lo que huela a lucha ciudadana, todo lo que tenga que ver con acciones independientes, son inmediatamente satanizadas con el calificativo de neoliberales y de derecha. Todos aquellos que exigen, que reclaman, que cuestionan desde la sociedad civil, para el régimen no son voces que emergen desde el interés de la gente, sino que son voces azuzadas por «los enemigos y adversarios» y, por lo tanto, en este caso, no buscan a sus desaparecidos, sino que hacen «politiquería». Qué vileza, que ruindad terrible hay en el espíritu de esos que dijeron que serían diferentes.
Mientras, en el país, los levantones, la extorsión y los crímenes de alto impacto siguen imparables, a pesar de la estadística oficial que le urge sobredimensionar el esfuerzo que ciertamente están haciendo en materia de seguridad. Pero una cosa es la estadística oficial exagerada a la baja, y otra también la estadística exagerada a la alza de una dramática realidad que no miente y que la gente ve y padece.

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